El fundamento de la pre-facción
Todos los conflictos tienen un punto de ruptura, cada sistema, cada expresión, todo nuestro alrededor esconde una debilidad fragmentada, y cuando alcanza el punto de fusión, colapsa. Un triángulo está destinado a resistir, su estructura impide y rechaza todo tipo de infracción. Sus extremidades son rectas con un fin punzante, se abstiene de poseer curvas propias porque es un ser rígido que no acepta salirse de su zona de confort, ésta cápsula custodia en sí el estereotipo de la perfección; la idealización de que el balance lo es todo.
Aun así, retomando los puntos débiles, un triángulo es un polígono que abunda de imperfecciones camufladas. Es tan frágil como el grafito, el diamante o el cristal, y así como estos elementos necesitan una fuerza para desmoronarse, una mínima fuerza puede desequilibrar todo, y transformarlo en una figura completamente diferente. Su aspecto se convierte en algo completamente diferente, con unas partes más grandes que otras, se encuentran desniveles... y hay uno en específico que genera mayor atención. El vacío. El punto débil, lo fragmentable. Si el triángulo es perfecto, corre el riesgo de haber un centro, por el que se puede hundir el equilibrio que es el que lo hace resistente.
Este centro desencadena nuevas oportunidades, cuando se encuentra la falla, es capaz de restaurar ese defecto y generar una nueva aventura; nuevas posibilidades de resistencia para proseguir y construir la ‘perfección’ que asegura un futuro prometedor.
Stefanie Calvo

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