UN DÍA EN EL CUADRO, AL OTRO FUERA DE ÉL
Un día en el cuadro, al otro fuera de él.
Siempre he pensado que mi vida giró en torno a un sólo camino, un camino en torno a ella. Cuando la conocí pude ver sus grandes ojos miel, ahí es cuando vino esa escurridiza idea a mi mente, la del amor. Ella nunca se fijó en mí, un pobre idiota enamorado. Mi vida empezó a tornarse en el ridículo camino de un triángulo. Cada vez que la veía no podía evitar enamorarme, es cuando debía empezar a transcurrir a la idea de vivir sin ella, una vez llegado a ese punto, no hacía falta ver algo que me recordara a ella y volvía a enamorarme. Todos los días debía trazar los mismos puntos, verla, enamorarme, olvidar, así una y otra vez, trazando triángulos interminables en mi mapa de vida. Toda mi vida sufrí al verla, sabía que un pobre tonto como yo jamás podría conquistar el corazón de una dama como ella. La última imagen que vi antes de irme fue ella, en un campo de margaritas, con sus alargados cabellos de oro, que al verlos resplandecer me cegaban por completo, mirándome con sus ojos inmensos con su color miel; podía sentir su aroma, su tacto, justo en ese instante fue cuando supe lo que pasó aquella tarde en la colina.
Debo empezar mi historia desde el principio, el día en que conocí a la dama que robo mi corazón, no puedo mencionar su nombre porque, aunque ya no lo tenga, se me parte el corazón. Ese día fatídico, ella caminaba por el campo hacia la plaza, yo andaba por el mismo camino, pero en la carretera. No pude evitar posar mis ojos en ella, era la viva imagen de la belleza. Desde ese día no podía evitar buscarla en cada rincón del pueblo, hasta que supe que todos los días iba a recolectar flores al campo, margaritas. Así que me propuse ir al campo todos los atardeceres a observarla. Verla en esa maravillosa pintura era calma para mí, ella lo era todo, anhelaba estar con ella, verla con margaritas era un regalo de la vida, se veía como una diosa escapada del edén. Cada vez que la veía con las margaritas recién recolectadas no podía evitar el sentimiento de querer tomarla y hacerla mía. Nunca tuve el valor de dirigirle la palabra, fui un cobarde mi vida entera. Cuando iba al campo ella solía dirigirme la más dulce de las sonrisas para comunicarse conmigo.
Hasta que llego el día que no esperaba que llegara nunca, un hombre llego al pueblo, y la vio cuando pasaba por la plaza, el decidió que sería su esposa en unas cuantas horas. Me entere de la boda poco después, cuando ya se había consumado el día anterior, los padres de aquella dama querían que su hija estuviera comprometida lo antes posible. No podía hacerme a la idea de un mundo en el que no pudiera estar con ella, esa situación fuese mi mayor anhelo, era cierto que era del todo imposible. Al atardecer de ese día, en el que llegó la noticia a mis oídos no tuve más remedio que aventurarme una vez más en el campo, hacia una colina, ella no estaba en el campo de flores y nunca supe el porqué, no pude verla por última vez. Miré lentamente el atardecer y cuando anochecía decidí terminar con mi sufrimiento, mi desdén, decidí marcharme a otro pueblo para jamás volver.
Así es como termino mi vida, o bueno hasta el punto en que decidí recordar, después de eso solo fueros años de sufrimiento por el partir de mi dulce dama. Así es como terminó, un cuadro lleno de triángulos de desesperación, un cuadro pintado por el deseo del amor. El último gesto que tuve con ella fue enviarle una carta con millones de triángulos infinitos pintarrajeados, para expresar mi sufrimiento, ella no sabía de su significado, puede que pensara que estaba loco, y así era; nunca pude saber su respuesta. La carta la envié cuando me había ido, y nunca escribí mi dirección final, de la última casa en la que viví hasta ya muy viejo como para notar cuantos años habían pasado sin ella.. Yo aquí viviendo muchos metros bajo tierra me pregunto si ella pudo enterarse, pudo pensar en mí en todos sus años de vida, o a sus ojos yo solo era un espectador, una presencia solitaria. Me pregunto si alguna vez llego mi carta, o si alguna vez la abrió, aquella carta, aquella historia, aquel cuento en el que por fin todo acaba.
Autora: Daniela Navas

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