"NADA SOBRE LA TIERRA ES MÁS DESDICHADO QUE UN HOMBRE"

 




NADA SOBRE LA TIERRA ES MÁS DESDICHADO QUE UN HOMBRE*

                                                                   

                                                “(…)En el plano metafísico, es un hecho que el hombre en                                                            su realidad está religado a Dios y de Dios depende (…)”.

                                                                                             Agustín Basave Fernández

 

Ante el caos y la inabarcabilidad con que se le presenta el mundo al hombre primitivo, surge la necesidad de acudir a los dioses como una manera de sobrevivir a las incomprensibles fuerzas de la naturaleza y sus impredecibles designios. En esta medida, los poemas épicos homéricos (Ilíada y Odisea), reflejan la concepción religiosa del mundo helénico. Concepción que configura el hombre primitivo a través de prácticas como ritos, mitos y creencias relacionadas con el culto a los dioses. Sin embargo, en un universo poblado de dioses que no responden a ningún absoluto, el hombre se ve vulnerable ante la incertidumbre y el destino.

 

Para empezar nuestra reflexión es necesario acudir a algunos antecedentes del mundo griego, el cual constituye una de las sociedades más evolucionadas[1] en su momento, gracias al influjo de diversas culturas. Así, en su visión de mundo se refleja el predominio de  tradiciones como la Aquea, proveniente de una raza indogermánica de organización patriarcal-aristocrática, y la Jonia, donde el mundo era concebido a partir de diversos órdenes entre los que se encontraba la dimensión espiritual y religiosa. Toda una amalgama de pensamientos  que desencadena  el eclecticismo de prácticas sociales y culturales a las cuales estaba sometido el hombre homérico.

 

El universo helénico se debe principalmente a estos dos influjos, los cuales se aprecian en los poemas mediante la superación del caos gracias al orden que representan los seres divinos y semidivinos,  invocados  a través de cultos orgiásticos, sacrificios y ritos mágicos que simbolizan el reiterado proceso de muerte y resurrección de los ciclos de la naturaleza, los sueños y los  deseos del alma primitiva, como lo podemos apreciar en la siguiente cita:

 

(...) Terminada la faena y dispuesto el banquete, comieron, y nadie careció de su respectiva porción. Cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, los mancebos coronaron de vino las cráteras y lo distribuyeron a todos los presentes, después de haber ofrecido en copas las primicias. Y durante todo el día los aqueos aplacaron al dios con el canto, entonando un hermoso peán a Apolo, el que hiere de lejos, que los oía con el corazón complacido. [2]

 

Vale aclarar que la práctica religiosa servía también para sustentar un esquema social, donde predominaba una estructura altamente jerarquizada. Así, el Rey, semejante a un dios, estaba en la cabeza del esquema social seguido de los guerreros y los agricultores en la base de la pirámide. De esta manera, los mortales concebían las relaciones sociales como un espacio rígido y diferenciado, del que se deriva la obligación del sujeto de ser heterónomo; es decir, no tenía la posibilidad de tomar decisiones a su libre albedrío.

 

Otro de los elementos que demuestran la necesidad de acudir a los dioses para organizar tanto el universo social como el religioso es el culto a los muertos, en el que podemos observar dos prácticas muy comunes: la primera, la inhumación de cadáveres y,  la segunda, la cremación. En el caso de la inhumación se percibe el deseo del hombre homérico por perpetuar las facultades que en vida caracterizaron a ese héroe, mientras con la cremación,  practicada por la aristocracia, se pretendía liberar el espíritu del muerto. Lo anterior se ve reflejado en los funerales de Patroclo, donde se utilizan la cremación y luego la inhumación, alternadas con sacrificios humanos y animales en honor a Hades. 

(...)recojamos después los huesos de Patroclo Menentíada, distinguiéndolos bien –fácil será reconocerlos, porque el cadáver estaba en medio de la pira y en los extremos se quemaron confundidos los hombres y los caballos- y pongámoslos en una urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa, donde se conserven hasta que yo descienda al Hades. Quiero que le erijáis un túmulo no muy grande, sino cual corresponde al muerto; y más adelante, aqueos, los que estéis vivos en las naves de muchos bancos cuando yo muera, hacedlo anchuroso y alto...[3]

 

Como puede verse,  las creencias y los ritos aparecen en escena para contrarrestar un poco la vulnerabilidad

de la existencia humana, absorta e inerme ante la adversidad; de aquí que se invoquen las fuerzas de los dioses para que le faciliten a los hombres el éxito en sus rutinas diarias. Esta concepción de mundo aparece llena de misticismo[4] y de una compleja relación con lo divino;  pues a pesar de que las deidades eran representadas en una esfera superior, el hombre homérico se encargaba de proveerlas con características que se derivan de sus necesidades y debilidades. En otras palabras, los dioses del olimpo griego, no reprimen, ni culpabilizan, sino les sirven a los hombres para disculparse, dado que no es extraño encontrar en su mitología a Zeus disfrazado de cisne, de toro o hasta de lluvia, para gozar a otras diosas diferentes a su esposa Hera.  Sin embargo, la convivencia de este desfile de dioses sujetos a pasiones humanas, no constituye  una doctrina sobre cuyos absolutos pueda sentirse resignado o tranquilo el hombre homérico, el cual se enfrenta a la muerte y a su destino, carente de un dogma que llene sus cuestionamientos de forma absoluta. 

 

Así, el hombre helénico creaba sus dioses Zeus, Afrodita, Apolo, Atenea, entre otras figuras, guiado por un prototipo de belleza idealizada,  cuyas características físicas eran extraídas de personajes que reunían entre sus cualidades lo mejor de cada persona conocida. En el Olimpo lo divino se revelaba como poder, amor, claridad y sabiduría, pero a pesar de la inmortalidad, la figura humana de sus personajes, hace pensar en ciertos atributos propios de la imperfección de los hombres. Con esto, quizá el hombre homérico pretendía elevarse hacia los dioses en sus mayores facultades, pero, a la vez, hacerlos más cercanos para poder compartir con ellos todas sus pasiones.

 

En conclusión, la visión religiosa y mística del hombre homérico nos enfrenta a un mundo donde, a pesar de que el valor principal estaba estrechamente ligado a los dioses, éstos no proporcionaban a los hombres la sensación de certeza o seguridad, que los librara de la incertidumbre ante su destino y la muerte: lo que permite corroborar  la expresión  de Zeus según la cual:  nada sobre la tierra es más miserable que un hombre. Sin embargo, es en este contexto, enriquecido por la influencia de numerosas culturas, donde la carencia de una verdad absoluta generó la necesidad de cuestionarse, lo cual hizo de Grecia un fértil territorio para la filosofía, la ciencia y el arte como nuevas maneras de explicarse el mundo.  

                                                                        Por: JORGE DIDIER GONZÁLEZ L.           

BIBLIOGRAFÍA

HOMERO, Ilíada y Odisea, Editorial Círculo de Lectores, Bogotá 1971.

LEVI-STRAUSS, Claude, El pensamiento salvaje, Fondo de Cultura Económica, México, 1978.

ZULETA, Estanislao, Arte y Filosofía, Editorial PERCEPCIÓN, Medellín, Colombia, 1986.

 

 



* Esta expresión es enunciada por Zeus en la Ilíada canto XXI, verso 338 y posteriormente la repite en la Odisea en el canto XVIII, verso 446. Expresión que le da nombre a esta reflexión alrededor de la cual gira la necesidad del hombre de temer a los dioses y la de incorporarse a una unidad cosmogónica que le dé confianza ante tanta incertidumbre.

1. Es una de las sociedades más evolucionadas por sus altos valores humanos, por su organización social, por el temor a dios, entre otras circunstancias.

2. La cita es de la Ilíada canto I, versos 470-475. Los subrayados son míos y tienen la intención de resaltar la idea según la cual la invocación de los dioses le permite al hombre homérico desarrollar su conciencia mítica y, en consecuencia, éxito o por lo menos compañía divina en sus propósitos cotidianos como la guerra, travesía por el mar, vida conyugal, etc.

[3] HOMERO, Ilíada y Odisea, Editorial Círculo de Lectores, Bogotá 1971, pág 309.

[4]Misticismo, un conocimiento inmediato, directo, intuitivo de Dios o de una realidad esencial, adquirido por medio de experiencias religiosas personales. Hay grandes variaciones tanto en la forma como en la intensidad de la experiencia mística. Sin embargo, la autenticidad de tal experiencia no depende de la forma, sino tan sólo del tipo de vida posterior a ella. La vida mística se caracteriza por un aumento de productividad, serenidad y alegría, mientras los aspectos interiores y exteriores armonizan en unión con lo divino.

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